sábado, 10 de abril de 2010

Decisiones

Eso de ser libre es una vil estafa. La libertad nomás sirve para confundirnos, enredarnos y tener que decidir. Y poder decidir solo implica que no vamos a poder echarle la culpa a otro cuando todo resulte como el orto.


Pero hay que elegir. Y yo elegí. Le dije no a trabajar siempre a la misma hora. No a no poder atender mi celular cuando se me antoje. No a twittear recién a las 9 de la noche. No a la comida en el tupper. En fin, le dije NO a trabajar.


Sí, después de haber estado meses como boluda leyendo millones de avisos con faltas de ortografía, escribiendo cartas, mails, gastando hojas, sobres y estampillas... cuando por fin conseguí un trabajo me di cuenta de que el pollo recalentado no me gustaba. Y renuncié.


Y me decidí. ¿Para qué trabajar? Si yo quiero ser emprendedora. ¿Para qué quiero ingresos estables si total me mantiene mi familia? Y no solo me mantienen, también me compran sugus. (si, el dato de los sugus fue crucial para mi decisión). Así que me puse feliz a coser vestiditos.


Y estaba yo cosiendo felizmente y pensando en el bonito taller que me armaría en la habitación desocupada de arriba de casa, cuando me llaman mi mamá y mi papá para comunicarme que hacía un mes que estaban divorciados.


Nada demasiado sorprendente. Mis padres nunca se llevaron bien. Lo que si es freaky es que sigan viviendo juntos. La cuestión es que la habitación que sobraba en casa la va a ocupar mi papá. Y algún día alguno de los dos se irá a vivir a otro lado... Y probablemente ya no quieran mantenerme... ni comprarme sugus.


La vida es cruel. Como la libertad.

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